miércoles, 15 de octubre de 2008

Pido el divorcio

Mi marido siempre ha sido un patán, y la culpa la tiene aquella foto que le hicieron en los años 40 para una dichosa postal, que encima perdió y se limita a contar a todo el mundo que un día salió en ella, con la vanidad que le caracteriza y ese trotar presuntuoso con el que deambula de bar en bar, cotilleando para contar en uno lo que ha escuchado en otro.

Tal es su afán de protagonismo que ha perdido la credibilidad en todos los foros. Su grandes orejas le sirven para escuchar, pero su pobre cerebro de jumento, apenas le da para discernir lo que escucha y lo tergiversa a su manera, entendiendo lo que quiere entender y confundiendo, no sé si a propósito o no, a cuántos le escuchan. Unas veces por llamar la atención, y otras, las más, simplemente por sentirse escuchado.

Así tan pronto difunde cualquier chisme que ha escuchado en cualquier bar, como si fuera un secreto de estado, como se inventa un bulo para ver cuánto ha crecido cuando regrese a sus orejones. Iba a decir oídos pero no, porque oir o escuchar es un sentido del que carece, como tantos otros.

Se mueve por los ámbitos políticos como un elefante en una cacharrería, causando destrozos más por su torpeza que por su habilidad para entenderlos, convirtiéndose en el hazmerreir de cuántos le aguantan y en bufón de cuantos le siguen y jalean, animándole desde el anonimato a seguir con sus torpes coces golpeando a diestro y siniestro.

En mi resignación sólo me queda la excusa de que no es más que un pobre burro y, aunque él piense que se cuela sigilosamente en los entresijos de la política placentina es fácil distinguir un burro entre cualquier grupo de personas. Por la cola, las patas, las orejas y... ese socarrón rebuznar que le delata.

1 comentario:

Anónimo dijo...

QUE TORPE ERES QUERIDA, ACUSA DE LO QUE ABUSAS, TU INTELECTO NO TE DA PARA MÁS...EL BURRO ESTA TRANQUILAMENTE PASTANDO Y DEJANDO HACER...